En medio de muchos encuentros sentimentales a mi edad trato de esconder ese deseo de querer correr sin aire y dejar en el camino aquellas cosas que me aturden y me ponen triste.
El estar lejos de las personas que quieres, el tener que estar “feliz” sin sentirlo, el tener que fingir estar bien para que Yadá y Yisi (hermanas) puedan disfrutar de una navidad bonita, feliz y llena de regalos. Regalos que al abrirlos se quedan en objetos, eso no es importante, sin embargo, son niñas y la ilusión es más grande de lo que uno se imagina.
Espere una cierta hora de la tarde del 24 de diciembre para entrar en cuatro pequeñas paredes de un cuarto chiquito para marcar un número laaargo y decir –aló?, feliz navidad- (aunque no estaba feliz, aunque mi padre tampoco era feliz). Hablé cuatro soles, repitiendo -si, estoy bien- (en ese momento no importaba eso, no importaba estar bien o mal). Mis lágrimas recorrieron desde mis ojos hasta el cuello, llegando hasta mi polo, respiré profundo varias veces. Muchas veces. Mientras mi corazón parecía oprimido, afligido, parece que el sístole y el diástole no funcionaban. Sólo parecía. Terminé, salí, pagué y caminé mucho.
Caminé en el centro de Lima con el brazo de mi novio sobre el hombro y sin hablar nada. Entre en un trance de querer cerrar los ojos y dejar que aire me lleve, me sentía como sedada. Caminando, caminando en silencio a pocas horas del 25 de diciembre.
Llegamos, subimos al carro y abrí las ventanas. Dormí, soñé, cerré los ojos y los volví abrir en silencio.
Feliz Navidad.
Siempre hay una razón para seguir caminando. Siempre.
*Gracias por estar.


